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En el verano de 2001, Ana Gracia Téllez, Doctora en Biología por la Universidad Complutense de Madrid, descubrió en la Sima de los Huesos del yacimiento de Atapuerca (Burgos) el cráneo 14. Aquel hallazgo vino a confirmar las teorías que apuntó Darwin en El Origen de las Especies (1859), quien había concluido que una especie tan débil como la humana había conseguido dominar el mundo gracias al uso de la tecnología y a su facultad de formar grupos compuestos por individuos capaces de colaborar entre sí y dividirse el trabajo. ¿Y qué tiene el cráneo 14 que no tengan los otros 28 cráneos hallados en el yacimiento más importante de Europa?

El cráneo 14 contiene amor.

Los científicos que trabajan en el yacimiento tienen la maravillosa costumbre de poner nombres a todos los homínidos descubiertos, por lo que el cráneo 14 pertenece a Benjamina, una niña que falleció a los diez años de edad y de la que se sabe que nació con una enfermedad invalidante, una craneosinostosis, que le habría provocado deformidades en la cabeza, probable afectación psíquica y limitación motora. Benjamina nos enseña con sus huesecitos dispersos que hace 530.000 años alguien la amó tanto como para mantenerla con vida hasta la preadolescencia. El grupo de homínidos coétaneos de la niña de Atapuerca cuidó de esta como del resto de niños durante el Pleistoceno Medio. La llevaron a cuestas, la alimentaron, le dieron de beber y la arroparon del frío. Los animales no cuidan de sus semejantes con patologías invalidantes, por lo que podemos afirmar que el salto del hombre desde la naturaleza bruta a la naturaleza racional fue el amor.

Decía Darwin que el ser humano, a diferencia del resto de especies, era capaz de vincularse a otros individuos con los que no formaba familia para cooperar, sustituyendo la competencia egoísta por el bien común. Esa forma de relacionarse supuso un salto del “cariño” (afecto entre iguales, presente en algunas aves y mamíferos) hacia el “amor”, algo intelectualmente más complejo. Benjamina fue la más querida de su grupo, ya que fue cuidada por todos hasta que su cuerpecillo no sobrevivió a las duras condiciones naturales en las que vivía.

Cuando visité el Museo de la Evolución Humana de Burgos en 2014, me quedé impactada por la historia que acabo de contar porque me produjo la íntima satisfacción de confiar en la naturaleza humana, capaz de crear las cosas más bellas de la vida, aunque también seamos causantes de mucha maldad. Alguien tan optimista como yo necesitaba saber que la bondad es consustancial a la aparición de la inteligencia.

Me acordé de Benjamina por asociación de ideas el otro día, cuando tuve que entrevistar en el juzgado a un chico de veinte años afectado gravemente por un Trastorno del Espectro Autista que le impedía hablar, comunicarse, estarse quieto un segundo y tranquilizarse. Acudió al juzgado acompañado de su madre, una mujer que hablaba español con dificultad y que no tenía más familia que a él. Una buena vecina la ayudaba a contener a su hijo mientras hablaba conmigo y con la fiscal, ya que el muchacho no paraba de golpear los bancos, las paredes y el estrado. Incluso llegó a abalanzarse sobre mi para sujetarme la manga. Aquella mujer -que no hacía más que pedir perdón como una letanía y nos agradecía una y otra vez la ayuda que íbamos a brindarle para su hijo-, era una oda a la desgracia: pobre, inmigrante, sola y con un hijo con una gran discapacidad. De hecho, no podía trabajar, porque debía dedicarse en cuerpo y alma a aquel hombrecito joven que sólo se calmaba al aire libre. «¿Ha pensado en alguna solución residencial?». La mera pregunta ensombreció el rostro de la mujer que contestó «yo puedo cuidar de mi hijo».

Cuando salió de mi Sala de Vistas pensé en lo mal que lo habría pasado aquella familia de dos miembros durante la pandemia y me volví a enfadar como lo hice en marzo de 2020. Si el chaval sólo estaba tranquilo bajo el cielo abierto, ¿cómo le había podido contener su madre durante las primeras semanas de confinamiento? Nuestra memoria es frágil, pero en aquellos momentos los perros parecían tener más derechos que los bebés recién nacidos necesitados de Vitamina D o que las personas con discapacidad. Entonces no entendí por qué se obligaba al encierro a los más vulnerables y a las personas con discapacidades severas. Ahora sigo sin entenderlo. La reacción gubernamental se hizo esperar, tal es la ausencia de perspectiva de discapacidad que tienen quienes nos gobiernan.

El otro día fue el Día Mundial del Síndrome de Down. Nuevamente volvió a llenarse la televisión, la prensa y las redes de fotos de preciosos niños con trisomía del par 21. Nuevamente la solidaridad con este colectivo pintó de colores las pantallas, al igual que en el día internacional del espectro autista nos ponemos el azul en los perfiles o en el día mundial de la parálisis cerebral hacemos campañas ingeniosas para visibilizar esta patología. El resto de días, sin embargo, nos olvidamos de que el mundo es un lugar hostil para muchas personas.

Con la discapacidad pasa lo mismo que con muchas otras cosas que tienen que ver con problemas sociales, que alguien muy listo, muy inclusivo y muy superior moralmente al resto decide imponer cómo hay que sentir la discapacidad (“es un regalo tener a alguien con discapacidad en casa, te convierte en mejor persona”), cómo hay que llamarles para respetar su dignidad (“personas con diversidad funcional”) y dónde tienen que estudiar (“en la escuela ordinaria, son niños como los demás”), sin avergonzarse ni un ápice de su atrevida ignorancia acerca de lo que implica cuidar de una persona gran dependiente, como hacía la madre que me vino a ver al juzgado.

La discapacidad es concebida como un todo homogéneo, como si un ciego fuera igual que una persona con ELA o que un individuo con tetraparesia. Homogeneizar la discapacidad para definir una realidad tan compleja acaba desenfocando el problema y enfrentando a unos colectivos con otros, compitiendo entre sí por los escasos recursos y por la priorización de sus necesidades, muy diversas unas de otras. Por la misma razón, las propuestas y soluciones a los problemas de las personas con discapacidad, suelen estar muy alejadas de lo que verdaderamente necesitan estas personas.

Se apela a la inclusión como un objetivo deseable a la vez que se olvida adaptar los edificios públicos. Si no me creen, visiten ustedes el juzgado del partido judicial al que pertenecen con un carrito de la compra y observen el festival de barreras arquitectónicas que se encuentran: solo los edificios más nuevos han previsto rampas y espacios amplios, en el resto de edificios, en los despachos de los médicos forenses no cabe una silla de ruedas, los ascensores –si existen– son diminutos, las Salas de Vistas tienen los bancos anclados al suelo impidiendo el paso de sillas de ruedas y, por supuesto, los abogados o fiscales con discapacidad motora no cuentan con rampas para subir a estrados.

Vivimos en el mundo de la contradicción.

Se dan donativos para causas benéficas, pero se evita trabajar con el compañero con discapacidad (contratado por la empresa para ahorrarse un dinerillo en su seguro social) “porque va demasiado lento y yo tengo prisa”, apartándole del grupo.

Se ponen lazos de colores o símbolos en los perfiles, pero se lanzan miradas censoras a los padres que en un lugar público no consiguen hacer callar a su hijo, sin que se les pase ni un segundo por la cabeza que ese menor pudiera estar afectado de algún síndrome.

Se apoyan las iniciativas políticas de inclusión educativa, pero no se invita al cumpleaños de los hijos al niño “diferente” de la clase, “porque es muy ruidoso y pega a los demás”.

Se compra lotería de Navidad para apoyar corporaciones que velan por mejorar la vida de las personas con discapacidad, pero se aparca el coche “un momentito” en plaza de minusválido cuando se va a comprar unos tomates al súper.

No se habla de la “perspectiva de discapacidad”, pero es algo en lo que debería incidirse en la formación desde las escuelas. Basta romperse una pierna y andar en silla de ruedas para entender de lo que estoy hablando. La perspectiva de discapacidad no tiene nada que ver con la compasión ni con imponer a los demás cómo tienen que sentirse. Tampoco implica que deba perseguirse el borrado de la discapacidad dejando de hablar de ella o disfrazándola con eufemismos que, a veces, humillan. La discapacidad debe integrarse como una característica indivisible de determinados individuos a quienes, por razón de sus dificultades, los poderes públicos deben proteger y auxiliar. Se necesita empatía y ponerse en los zapatos del otro. Que cuando nieve, se quite el hielo de la puerta de los centros de mayores y personas con discapacidad antes que del Mc Donald’s. Que cuando tu perro hace sus necesidades en la calle las recojas, no solo por civismo, sino porque hay personas que manejan sus sillas de ruedas con las manos. Que quizá no sea buena idea compartir tu música machacona con un altavoz inalámbrico por la calle o en la playa, porque puedes alterar a alguien con autismo, que odia la música estridente. Que las plazas de minusválidos no son plazas de momentitos, sino aparcamientos para quienes no pueden moverse como tú.

La discapacidad no es cosa “de otros” porque esos otros no la han elegido y porque es un fenómeno cada vez más extendido, fruto del alargamiento de la esperanza de vida y de los avances de la medicina. No se trata de ser alguien distinto a lo que ya fue el Homo Antecessor que pobló los alrededores de Burgos hace miles de años. Se trata de amar a las Benjaminas desconocidas de nuestro entorno, facilitándoles la vida con nuestro compromiso con su verdadera inclusión.

Foto: Brent Danley.

Artículo publicado en Disidentia el 31 de marzo de 2022. https://disidentia.com/los-huesos-el-amor/