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Una tarde de verano en agosto, allá por 2016, visité con unos amigos el casco histórico de Alicante. Al llegar a la barroca portada de la Basílica de Santa María, con sus columnas salomónicas, su piedra caliza con restos de monogramas en rojo y la imagen blanca de la Virgen en una hornacina, me encontré con una singular pintada realizada en letras de imprenta en la escalera a la izquierda de la fachada, que comunica la placeta de la Basílica con la calle que asciende al barrio de Santa Cruz: «Solo unos gramos de arte pueden salvarnos de la angustia, del desamparo». Contundentes y reflexivas palabras.

Años más tarde, la pintada permanece y he tenido oportunidad de fotografiarla. Me enteré que formaba parte de un proyecto de arquitectura efímera en paisajes culturales desarrollado en la ciudad para contar la experiencia de acompañar a un museo de la ciudad (el Museo de Arte Moderno, cercano a la Basílica) a un grupo de participantes en programas residenciales y de servicios externos del Centro de Acogida e Inserción para personas sin hogar de Alicante.

Bello y extraño. Un proyecto que trataba de mejorar el ánimo de quienes, por no tener, no tienen ni casa, a través del arte. Sólo el arte puede salvarnos…

Resulta difícil de entender que, en una sociedad a quien la pandemia ha dado la vuelta como un calcetín, donde el confinamiento y la pérdida de derechos nos ha hecho replantearnos todo, donde nos hemos dado cuenta de que nada es eterno y de que no podemos dar por supuesto nada de lo alcanzado después de siglos de historia, guerras y conquistas, el arte pueda ocupar un lugar relevante en nuestra descompuesta pirámide de Maslow.

La palabra “crisis” proviene del griego (krísis, decisión, del verbo kríno, “yo decido”) y designa el momento en el que se produce un cambio profundo en la naturaleza, en la vida de una persona o en el devenir de una sociedad. Las crisis son necesarias para avanzar ya que la comodidad y la ausencia de sufrimiento nos conducen a cierta indolencia y a un estado de apatía a falta de estímulos para progresar. El miedo, el hambre, las dificultades o, en general, aquello que nos produce molestia, nos motivan para buscar soluciones que nos permitan retornar a nuestro plácido estado de calmachicha existencial.

Al igual que el desamor es mil veces más inspirador que el amor para la creación poética, los desastres sociales, naturales o económicos generan bolsas de inspiración artística.

La pandemia ha podido servir a muchos artistas para reencontrarse con la musa. Al igual que el arte underground respondía a una necesidad de expresar el rechazo a los regímenes represivos, la Hermandad Prerrafaelita buscaba distanciarse del academicismo reinante en la época victoriana o los impresionistas inventaron una nueva forma de representar el mundo y provocar, la situación vivida durante el confinamiento global ha podido servir de base para una nueva creatividad artística y literaria, de reencuentro con un hombre más puro y auténtico, que tiene miedo y que muestra su fragilidad como no hacía desde hace tiempo.

El arte puede salvarnos de la angustia y del desamparo. O simplemente puede ayudarnos a normalizar nuestra trastocada vida. El confinamiento nos ha impedido asistir a museos, teatros y monumentos, privándonos, por tanto, de las reacciones anímicas que la contemplación de la belleza nos provoca.

Porque el arte no es otra cosa que la capacidad de conmover, de generar reacciones anímicas en otro, a través de una expresión plástica. Desde las más superficiales de estricta contemplación de algo bonito hasta las más sofisticadas de evocar, por asociación, tiempos pasados, lugares visitados o etapas vitales. El efecto del arte en nuestro cerebro es imprevisible, pero, en todo caso, imprescindible.

La nueva normalidad nos lleva a apreciar con más fuerza lo perdido, los museos, las ciudades, las exposiciones…a alimentar de nuevo nuestra alma. Empezamos a escapar del desamparo que el confinamiento nos ha reportado.

Artículo publicado en la revista pdf de Fundación FIDE “Reflexiones de la sociedad civil” el 9 de junio de 2020.